1 may 2012

Relatos

1. Presentación, nudo y desenlace:

MI ALDEA


aa10 Marialva, la aldea históricaLa vida en mi Aldea transcurría feliz al contacto con la naturaleza. Era un mundo distinto en el que no había maldad ni envidias; todos nos interesábamos por los demás y en nuestros rostros cansados se reflejaba la paz.

Al llegar el invierno todo se tornaba más tranquilo, el frío recogía a las gentes en sus casas, después de las tareas del campo. Los niños pasaban en la escuela gran parte de los cortos días invernales. La escuela de mi aldea carecía de medios, no disponía de una amplia biblioteca, los libros que había eran los mismos en los que años atrás nuestros padres aprendieron a leer, a los que se había ido añadiendo un nuevo ejemplar.

La sequedad del terreno precisaba de abundante agua, por lo que la lluvia se hacia necesaria. Pero ese ansiado agua caía en forma insuficiente y la abundancia esperada se convertía en una ramplona cosecha.

Al llegar el verano todo se animaba, la vida del pueblo despertaba del letargo invernal en el que estaba asumida. Los niños volvían a corretear por las calles y sus voces se oían por todas las casas de la aldea.

La llegada del verano traía los frutos de los esfuerzos de todo un año de trabajo. La cosecha aunque no abundante, era suficiente para seguir adelante.

La alegría de las gentes quedaba bien patente en sus afectuosos saludos:
¡Buenos días, tío Eustaquio!
¡Buenos días nos de Dios! ¿Cuándo termináis de segar?
Pues, si Dios lo quiere, a la semana que viene.
Ahora al recordar este dialogo sencillo, un escalofrío me recorre por todo el cuerpo. ¡Cómo a cambiado la vida en mi aldea!

La vida dura para todos, chicos y grandes, unida a la esperanza de una nueva vida nueva, diferente y mejor que la ciudad prometía, hizo que poco a poco la vida del lugar se fuera transformando.

Los jóvenes empezaron a marcharse a la ciudad, en busca de un porvenir mejor. Allí lograrían un empleo con un sueldo fijo, podrían conocer la ciudad, trabar nuevas amistades y algún día crear un hogar. Y esperanzados por encontrar en la ciudad una vida nueva que, a poco que fuera, ya sería mejor que su vida en la aldea, comenzaron a partir.
Al principio todo seguía casi igual, algunos habían marchado, pero venían con frecuencia a visitarnos. Traían regalos, hablaban de su vida en la ciudad y al escucharles todo nos parecía como un sueño, era como una vida distinta que  se nos prometía feliz, y muchos al regresar a nuestras casas pensábamos:

¡Si yo me fuera! Cambiaría mi vida y la de mi familia, a mis chiquillos le daría estudios, para que algún día lleguen a ser alguien más importante en la vida. A mis padres les ayudaría enviándoles dinero, alimentos, regalos y todo aquello que soñaron tener.

Así animados muchos fuimos marchando a la ciudad. Y, poco a poca, se fue transformando el aspecto de mi aldea. El lugar que en otro tiempo fuera alegre y lleno de chavales correteando por las callejuelas, se había trocado en un lugar sombrío y silencioso, en el que solo se oía, de vez en cuando, el murmullo de los viejos que quedaron.

La añoranza de los viejos se agranda al recibir noticias de la ciudad. ¡Sus hijos, sus nietos!, ¿Cuándo volverán a verlos?, ¿Cómo le irá en la ciudad?.

Los mayores siguen aferrados al campo y continúan dedicando sus vidas a las labores agrícolas, pero ya no escuchan, mientras siegan, las voces de los chicos, ni los cantos de los jóvenes. En su lugar ven venir un tractor, que facilita su trabajo, alquilado con el dinero que les envían de la ciudad.

Pero la aldea que yo añoro alegre, bulliciosa, renace todos los años al llegar el día 15 de agosto… ¡El día de la patrona!.

Las fiestas al fin se aproximan. De distintos puntos de la región vamos regresando al hogar. O través y por unos días, todo vuelve a ser igual que antes en mi aldea. 




 2. Descripción y diálogo:

La Esposa del Mar

Cuando llego hasta allí es cosa que nadie puede decirlo. La gente de la aldea recuerda a verla visto desde siempre, y, sin embargo, esto es un absurdo. Hay quien dice que es hija de una bruja que vivía entre las rocas; se fundan en que ésta, como aquélla tiene allí su vivienda. Los más, aseguran que vino de fuera, hace ya unos años, acompañada de un hombre de tez morena y ojos relucientes, que, al mirar se encendían como ascuas.
Un día desapareció nadie sabe como; y, desde entonces, a ella se le ve saltar entre las rocas, mar adentro y en lo más lejano de la playa, se sienta, con su mirada perdida, allá… a lo lejos… donde el agua se junta con el cielo…
A veces chilla, otras, canta cosas extrañas.
Nadie de la aldea se atreve acercarse a ella, por eso no descifran sus cantares ni oyen que es lo que grita.
Una vieja de ahí, que pasa de los cien años ha dicho que gritos y canciones es una manera por la cual brujas y hechiceras se comunican con demonios. Así, pues, todos la temen, todos menos marcos que la conoció un día en que, sin darse cuenta se fue alejando de la playa, y cuando quiso volver, después de llevar un pañuelo lleno de caracolas y conchas, la marea había ido subiendo, subiendo hasta pasar por encima de las rocas.
Empezó a quitarse la chaqueta y la ropa de encima dispuesto a tirarse al mar y llegar a la playa nadando. Y lo hubiera hecho de no oír a su espalda una risa extraña que le hizo estremecer.
-       ¿Quién eres? ¿De donde vienes? – Preguntó al volverse y encontrarse con una mujer.
-       Dí, ¿de donde vienes? – Volvió a repetir.
La mujer le miraba sonriendo y señalaba al mar.
-       ¿Vienes de ahí?. No puede ser; solo viven en el las sirenas, y tú eres una mujer, te ahogarías…
La mujer cogió con una mano el brazo de marcos y con la otra le tapo la boca.
-       ¡Chisss!... No chilles… Ven, siéntate conmigo, voy a dormirte y entonces ya podrás hablar.
Y empezó a cantar, de una manera extraña, que a Marcos le recordaba el ruedo del mar cuando hace levante.
El muchacho no se asusto. Era tan guapa la mujer, que tenía un pelo largo y rubio, y unos ojos color verde azul tan bonitos, que el chico se dijo que era un hada de esas que solía haber en los cuentos del abuelo Renato, cuando en los días de invierno se sentaban todos para oírselos cantar con voz lenta y monótona.
Cuando la mujer terminó de cantar, Marcos la preguntó a la vez que le pasaba la mano por los bucles del pelo:
-     ¿A quién duermes?.
-     A él… - y volvía a señalar el mar.
Estaba anocheciendo. En el cielo poco a poco, aparecían estrellas que brillaban como gusanos de luz en la noche.
El viento trajo de la aldea las campanadas del reloj, que iban a confundirse con el ruido de las olas al romper en la playa…
-     Llévame a la orilla, ¿quieres?, tengo que marcharse… Vente tú, si quieres…
-     ¿No puedo, si se despierta y no me ve se enfadaría mucho, creería que le abandonaba… te acompañaré a ti y vendré enseguida, ¿bajarás a verme otro día?
Cuando Marcos llegó a su casa, la madre le esperaba en la puerta. Al verle gritó:
-     ¡Condenao de chico! ¿No te tengo prohibido que llegues después de las ocho! – Y le entró a empujones a la cocina donde estaban ya todos sentados a la mesa. Marcos no despego los labios en toda la mesa. Cuando subía de la playa pensó contar a su madre el encuentro con la mujer del mar, pero cuando le pego se prometió no decirla ni una palabra. Sería un secreto suyo. A la tarde siguiente bajaría. Si llegaba a enterarse madre, a lo mejor no la gustaba. Esperó a que sus hermanas recogiesen la cocina. Una vez limpia llevó su jergón al lado de la chimenea y se echo en él.
Oyó a su madre discutir con el abuelo.
-       ¡Usté tiene la culpa! – le decía.
-       ¡Valla!, ya esta aquí la de todas las noches, espantárame yo…
-       Nada, abuelo, lo que le digo es la verdad, tengo más razón que un santo.
-       Las mujeres siempre tenéis razón.
-       Va a volver loco al chico con esas historias y novelerías  de princesas y hadas que no han existido nunca. Más valía que le hablase del mar, del pescado y de la vida de los pescadores que eso es lo que va a ser de en su vida.
El abuelo se fue refunfuñando y murmurando algo sobre las mujeres, que Marcos no puedo oír.
-        Sabella, atranca bien la puerta que hace una aire esta noche que se cuela por todas las rendijas.
-        A poco, la casa quedo en silencio. Todos dormían. Todos menos el chico que estaba acostado en el jergón, en frente de la chimenea.
El viento silbaba fuera y se oía el ruido del mar al chocar contra las rocas. Las maderas de la pequeña casa de los pescadores crujían haciendo estremecer a Marcos que se levantó descalzo y, tiritando, fue hacia la ventana.
En la playa no se veía a nadie, sin embargo, él sabía que ella estaba allí, porque le había dicho señalando el mar:
-        Vivo aquí…
Bajase del poyete y volvió a echarse en el jergón. Era de madrugada cuando se durmió pensando en ella…
El abuelo le contó una vez que, en una noche como ésta, alguien, no recuerda quién, murió de frío.
A la larde siguiente volvió, y a la otra, y todas… Siempre la llevaba algo. Un día era el bocadillo de sardinas que la madre le daba de merienda; otras un pedazo de pan que se guardaba de la comida. Hoy es un racimo de uvas grandes.
Es ya tarde. Sabelica, su hermana, le ha mandado al pueblo a dar un recado; y lo ha hecho deprisa para que le dé tiempo a ver a la mujer del mar.
Ella le espera allí en la más lejana roca, sonriendo.
Marcos corre y jadeante llega hasta ella.
-  He tardado un poco, ¿sabes?, he ido al pueblo y, aunque tarde, vengo a traerte estas uvas, que, mira, son del color de tus ojos. La mujer no deja de sonreír y dejando sitio al chico para que se siente, le dice, mientras le acaricia la frente y le aparta los pelos que el aire pone sobre ella.
Mujer-mar, hay muerte en tus ojos- ¡ Qué tonta soy!. Creí que me habías olvidado; te vi pasar muy deprisa para la aldea y pensé que te habrías quedado con los chicos, y, ya ves, me ha dado pena… Mírame a los ojos, he estado llorando…Enseguida se me pasó; me entretuve viendo caer mis lágrimas al mar; unas gotas más que han ido a confundirse con las miles que tiene…
- ¡Es raro! – Pensó Marcos – hoy no habla cosas extrañas, dice lo que yo puedo decir, me habla más despacio, con voz más triste, con acento más dulce; hoy la preguntaré…
-¿Qué pasa por tu frente en este instante, Marcos?. A ver si lo adivino… Sé que tu pensamiento es gris, oscuro, como el mar y el cielo en días de tormenta. Sé que es dulce y triste porque en tu espíritu, dulzura y tristeza van siempre unidas…
La mujer calla de pronto, como cansada, con la vista en el cielo azul y una mano del muchacho entre las suyas. Se levanta bruscamente y se oprime el pecho con las manos.
- Me duele aquí – murmura -. Siento como si quisieran arrancarme algo, a mí que nada tengo…Marcos vendrás siempre, ¿verdad?.
El chico la miró brillándole los ojos de una manera extraña, y apretándola una mano con fuerza, dijo con voz ronca, apagada..
- Sí, vendré siempre, no faltaré nunca. Si no me dejan, me escaparé; tú espérame, el día que falte será que me habré muerto.
- Ese día manda a tu alma a buscar la mía, iré con ella mar adentro; hasta que os encuentre: a ti y a él.
Besó al chico en la frente y se fue corriendo, corriendo, sin volver la cabeza.
Aquel día llegó antes que las demás tardes y la mujer no estaba esperándole.
- Hoy seré yo quien aguarde su llegada.
Hace buen mar. Todo es azul arriba y abajo. De vez en cuando rompe la monotonía del paisaje alguna gaviota o nube que pronto desaparece. El sol se va escondiendo detrás de aquella montaña que se ve a lo lejos siempre inmóvil, que se para como barrera una tierra de otra.
Detrás de la roca donde él está sentado hay otra que no se ve desde la playa porqué ésta la tapa. El chico baja a ella.
¡Qué forma tan rara tiene!. Dando la vuelta se ha encontrado con una gruta grande, como un agujero, por el que puede entrar una persona. Se asoma a ella; está tan oscura que casi no se ve, pero él sabe que cerrando lo ojos un rato, cuando los vuelva a abrir podrá distinguir.
- Marcos…
Es la mujer quien le llama. Está dentro tumbada, apoyando la cabeza en una saliente. Tiene por colchón montones de algas y algunas de color rubio que se confunden con su pelo.
El chico no se atreve a entrar y sin embargo, lo desea. ¡Es un conjunto tan extraño!.
- ¿Te he asustado? ¿Qué haces ahí parado?.
- Te miraba… ¡Estás tan guapa!
La mujer se levanta, le da la mano y le ayuda a entrar.
Tienen que andar algo encorvados para no dar con la cabeza en el techo de la roca. Allá al final hay otro agujero como el primero, y entran también siempre cogidos de la mano. Está desierto como el otro, sólo en el centro hay una tabla grande de madera que quiere parecer una mesa, por estar puesta encima de una piedra.
- Ven… entra más. Esta es mi casa, sólo tú la conoces, y él…, porque a los dos os quiero.
El muchacho no responde. En este momento está pensando en lo dulce que sería vivir aquí. Dormir en lecho de algas, medido por el ruido de las olas. Cerrar los ojos viendo su sonrisa. Despertar con una mano de la mujer entre las suyas, ¡están suave y tan blanca!.
Encima de la mesa hay varias cosas. Entre ellas un cuaderno, que es lo que más llama la atención de Marcos. Ella parce comprenderlo y tomándolo se lo enseña.
-     Mira esto es de él. Algún día iré a llevárselo.
Marcos no sabe a quien se refiere; si ese “él” es “algo” que existe o una sombra. Sí, eso debe ser porque a todas partes le sigue y no logra nunca apartarla.
-     No estés triste. Si tú quieres también lo leerás. Hoy no, otro día que haya más luz; pero no lo has de contar a nadie.
Salen fuera y aunque está anocheciendo, los dos cierran los ojos deslumbrados por la claridad. El aire les golpea la cara.
-     Es ya tarde, me voy -. La coge las manos, se las besa y se aleja deprisa, como si huyera de alguien o de algo.
Al día siguiente Marcos se encamino hacia las rocas.
- ¿Me esperabas? – Pregunta cuando está junto a ella.
Asiente sonriendo, y después de contemplarle.
- ¿Estás cansado? ¿Es que has corrido para venir aquí? Si, no lo niegues; el corazón te da saltos en el pecho. Ven, siéntate y descansa, mientas yo te cuento algo.
Ha cogido suavemente la cabeza de Marcos, y la deja en su falda. Luego le pasa la mano transparente y fría, por la frente sudorosa.
Te contaré algo que llevo aquí dentro – y señalaba la cabeza - ¿Cómo lo sé? ¿Quién me lo ha contado?’. Lo ignoro, a lo mejor vino al mundo conmigo. Sí eso es, porque nadie más que yo lo sabe, por eso voy a contártelo. Quiero que salga fuera de mí, me hace daño.
Verás… Una vez, hace muchos años, ¿ciento? ¿mil?, ¡qué importa! Sólo sé que desde entonces acá, han pasado muchos, vivía una muchachita rubia en un país lejano, del cual olvidé el nombre. Todo ocurrió en el día que empieza este cuento.
Estaba sentada en el tronco de una árbol y oía el canto del ruiseñor, su amigo y enamorado que la decía cosas bonitas. Así pasó la tarde, soñando a costa del canto del pobre ruiseñor.
Todo era alegre y sin embargo la niña estaba triste y deseaba que todo se llenase de sombras y viniese la noche, porque alguien la había dicho que traía el reposo y la serenidad al espíritu.
La mujer deja de contar. Marcos ha ido cerrando poco a poco los ojos y ahora duerme. Se ha quedado dormido con una mano de ella en los labios.
En la cabaña, debajo del fogón hay un cuaderno, que la mujer le ha pedido a Marcos que se lo lleve, cuando lo tiene en su poder, indecisa al principio, se lo entrega a éste. Marcos se dispone a leerlo, pero se da cuenta de que le va a costar trabajo. Se ha debido de caer al agua, porque hay hojas completamente borradas, en otras tan solo se leen palabras sueltas o párrafos.
- Temo por ti – dice acariciándome – la debilidad es mala.
…
Hoy no me he despertado entre sus brazos y me ha extrañado. Antes de tener tiempo para incorporarme, le veo llegar con manzanas y más clases de frutas.
- ¿De dónde traes eso?.
- Lo he robado.
Me acerco a él y le beso con cariño.
Llevamos dos días sin comer… no puedo escribir, siento que la cabeza se me va.
Llega contento y me cuenta que ha conseguido empleo. Mañana saldrá a pescar con hombres del pueblo. Todo lo hace por mí y yo le adoro.
- Estoy preocupado – me ha dicho – cada día estás más delgada.
- Cada día que pasa – le he respondido yo – soy más feliz que el anterior.
- Hoy hace dos años que nos casamos.
- Me parece que te equivocas – le he respondido - …
- Son más, muchos más, a veces me parece que he vivido contigo toda la vida.
Quisiera escribir lo que he hecho en el día de hoy, pero parece que me han pasado una esponja por la frente borrándome toda idea.
Luego muchas páginas borradas y sólo se pueden leer en ellas palabras sueltas. Marcos deja de leer. Del esfuerzo hecho le duelen los ojos. Sólo le quedan unas líneas y quiere terminarlas.
…
No me ha hecho caso.
Se ha ido.
El mar ruge furioso.
Y yo, yo estoy rezando.
Así termina lo escrito por ella. La otra mitad del cuaderno esta en blanco como su memoria.
-¡Qué horror! – piensa Marcos. Yo me moriría si tuviese que vivir sin recuerdos.
Aquella noche desde el jergón, oyó cómo hablaba su madre al padre y al abuelo.
- Es de mí – pensó – lo sé presiento lo que es. ¡Cuánto me gustaría equivocarme!
Estaba en lo cierto Marcos. Hablaban de él. Las palabras de la madre eran las que mejor entendía.
- El señor Pascual – decía en ese momento – me ha dicho que no hay cuidado, que puede salir a trabajar con vosotros procurando que no haga esfuerzos grandes. Yo me he alegrado en el pueblo empiezan ya los demás chicos a meterse con él, y yo no quiero que alguien diga nada de mi hijo.
El abuelo murmuró muy bajo algo, pero tan bajo fue que Marcos no lo oyó a pesar de estar con el oído atento y la respiración contenida. La madre seguía hablando:
- Mañana se lo dirás tú, que para eso eres su padre; de vez en cuando tengo que recordártelo, pus parece que se te olvida.
Al día siguiente cuando se levanto fue en busca de Sabella y con gran asombro de ésta, el chico le hizo preguntas extrañas.
- ¿Para qué demonios quieres saberlo?¿Cómo se te ocurre ahora, después de tanto tiempo?.
- ¿Di?¿Te acuerdas tú? – y la aprieta el brazo con fuerza.
- Sí, hombre; pero suéltame que me haces daño. También tú tienes que acordarte, tenías entonces siete u ochos años y bajaste conmigo a la playa. Fue una verdadera catástrofe. Todos se ahogaron. El mar sólo devolvió los restos de las dos barquichuelas. Hace ya nueve años de esto y, sin embargo me acuerdo como si hubiese pasado ayer. Algunas veces cuando me despierto por las noches me parece oír los gritos de las mujeres llamando a sus maridos unas, a sus hijos otras, había quien llamaba a los dos. Desde esa noche dicen que empezó a chillar la loca esa…
- ¡Calla, Sabella!
Y la mira de una manera tan rara que Isabela entra en la casa asustada murmurando:
- Este chico está loco.
- Ven entremos dentro, está lloviendo. Es una nube que pasa por encima de nosotros, enseguida se irá.
Se sientan los dos en el suelo. Marcos la mira largo rato, no sabe como empezar, cómo decirla que ya no podrá venir todos los días a verla. ¡Si él se atreviera!, le pediría que le esperase también a él en el amanecer, que como aquel otro la diría que no había dejado ni un solo minuto de pensar en ella.
La mujer hoy está triste, la brillan los ojos como si tuviera fiebre.
- ¿Has llorado como yo? ¿Has presentido?
- ¡No!, calla no me digas nada, prefiero ignorarlo. Aparta sus ojos de los míos, no me dejes leer en ellos ese algo terrible. No, yo te lo ruego. Estoy cansada. Anoche no dormí y me pesan los párpados como si fuesen de plomo. Vete, déjame que duerma.
Marcos oyó cómo el viento traía a la playa las campanadas del reloj del pueblo.
Ya no entraba nada de luz, tan sólo un rayito de luna muy tenue daba en la pared de la roca.
El muchacho seguía allí, quieto, sin moverse, sin ver a la mujer que dormía, pero sabiéndola cerca de él. A veces se asustaba, no la oía respirar, y con miedo se acercaba a su pecho hasta oír sus latidos. Entonces volvía a incorporarse. Era su propio corazón lo que escuchaba.
Tenía que irse, tenía que dejarla.
Sí, era mejor que ella no se diera cuenta.
hombre solo caminandoEncendió una cerilla y estuvo contemplándola hasta que se quemo los dedos. Con mano temblorosa la acariciaba, y se acerca poco a poco hasta poner sus labios en los de la mujer.
Está fría, fría como el mármol de la Iglesia, cuando se inclina a besarla en penitencia de algo malo que ha hecho.
Ya va Marcos subiendo la cuesta de la playa y alejándose, él no lo sabe, de la mujer que duerme su último sueño.
Camina despacio, con la cabeza hundida, va cansado, como si sostuviese sobre sus hombros ese cielo gris que amenaza tormenta. Y sigue subiendo y se va alejando.




3. Presentación:

Erase una vez a las orillas del río panamá, una tribu de indios en la que habitaba una hermosa muchacha llamada Morotí, de piel blanca como la pureza, de grande ojos verdes y unas mejillas tan rojas como la sangre. A pesar de su belleza, no tenia ...




 
4.Continuación del relato:

Rebaño de cabras en el termino de Alájar, Huelva
En medio de una alta montaña, en una acogedora cabaña, vivía una pareja de pastores, que cuidaban de 40 cabras. Pero vivían asustados, por hacía ya un año bajaban los lobos a alimentarse de su rebaño.

Para evitar que los lobos se comiesen a su rebaño, pensaron que tendrían que levantar una cerca para guardarlos, y esta tenía que ser alta, y así no podrían saltar los lobos, donde estaban sus cabras. Una vez construida; vieron que aún a pesar de los continuos intentos de traspasar la cerca, no pudieron, se dieron por vencidos y se marcharon, de esa forma solucionaron el problema.




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